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El cine cubano busca otras imágenes
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Crítica especializada
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Investigación
El cine cubano busca otras imágenes

Se sabe que la producción


audiovisual en Cuba es cara, pero quien se lanza a hacer un proyecto ahora


mismo, puede optar por modos de financiación que años atrás eran impensables. A


pesar de que el Estado sigue pagando la mayoría de las producciones (sobre todo


para la televisión), esas nuevas maneras de solventar ideas han logrado


visibilizar otro abanico de formas y puntos de vista.







Para muchos, la huella más visible


de la financiación no estatal en el audiovisual, está en el desarrollo del


videoclip durante los últimos 15 años, quizás el único ámbito de esta manifestación


que ha logrado cerrar el ciclo financiación-producción-distribución. A la par,


aunque en menor medida, han ganado espacio otras formas expresivas como la


publicidad, algunas zonas del video sobre arte y los formatos de farándulas,


vinculados sobre todo a la búsqueda de visibilidad en el Paquete semanal.







Otra muestra significativa de la


creación al margen de lo que el Estado paga, puede encontrarse en los audiovisuales


producidos especialmente para Internet, en su mayoría desde medios


independientes. Aquí predominan acercamientos a la cotidianidad desde la no


ficción. Generalmente son obras cortas, preocupadas por documentar temas


relacionados con la cultura, el ejercicio de la ciudadanía y el emprendimiento,


desde perspectivas muchas veces ausentes en el discurso oficial.







Si miramos a lo que se produce


pensando en la gran pantalla, esa mezcolanza de voces, formas e intereses, se


diversifica aún más. Aquí, además de las coproducciones o el acceso a fondos de


apoyo internacionales (procesos en los que los realizadores del patio ya tienen


algunas experiencias que contar), llama la atención una estrategia


relativamente novedosa, y excepcional si se atiende a la poca conectividad y el


aislamiento financiero que se sufre en la Isla: el crowdfunding.







Esta alternativa consiste en


buscar la cooperación de personas con el objetivo de conseguir dinero para


financiar una idea. En sus inicios estaba pensada para proyectos solidarios,


sin fines de lucro, culturales… pero actualmente se utiliza para casi cualquier


cosa. De acuerdo con cifras de Kickstarter,


una de las plataformas líderes a nivel mundial en cantidad de proyectos


financiados, las películas y los videojuegos son unas de las iniciativas más


populares, solo superadas por reglones como la innovación tecnología y el


diseño.







El


primer crowdfunding que se hizo a través de Internet en nuestro país, según el


portal digital OnCuba, lo protagonizó la productora 5ta avenida, para el


proyecto Corazón Azul, de Miguel Coyula. «El dinero recaudado fue


congelado por Washington, en virtud del embargo estadounidense sobre la Isla.


Consiguieron más de 5.000 dólares (…)».







Por


suerte, otros han logrado sortear ese obstáculo y tienen experiencias más


alentadoras. En diciembre de 2015 terminaba exitosamente la campaña para el


Largometraje Agosto, de Armando Capó.


La película contextualizada en La Habana de 1994, cuenta la historia de


Carlos, un niño de 13 años que esperaba un verano normal y, por el contrario,


ve como su pueblo se vuelve un caos en medio de los cambios de política y la


crisis migratoria entre Cuba y los EEUU.







El


equipo consiguió la ayuda de 197 mecenas y recaudó 20 mil doscientos euros para


pagar honorarios a los actores, costos de alimentación, transporte y arte.
«Al hacer Agosto no estamos haciendo sólo una


película —se lee casi al final de la presentación del proyecto en su página de


Verkami— estamos haciendo que el cine cubano independiente de un paso que hasta


el momento no ha logrado dar, un cine que tiene mucho que decir sobre sobre su


país y su contexto».







La idea


que señala al crowdfunding como un camino posible para proyectos que de otra


manera sería casi imposible materializar, se confirma en la obra más reciente


de Jorge Molina. Este director, con una singular cinematografía dentro de la


producción nacional, también financió dos de sus películas más recientes


mediante el micromecenazgo en Internet. Para ello no tuvo que renunciar a


ninguno de los ingredientes que salpican su obra (sangre, sudor, sexo…).







En


entrevista concedida al también realizador Carlos Melián para Cachivache Media,


Molina aconseja a quien se anima a iniciar una campaña, fijar una cifra


posible, pragmática. Él ha logrado superar el número meta en sus dos intentos.


Según Melián, lo asume «como si fuese su capacidad de satisfacer a una mujer en


una escala del 1 al 10. O sea, Molina dice que es capaz siempre de llevarla al


12».







Otras obras


como el largometraje de ficción Venecia,


de Kiki Álvarez y el corto Lobos,  de Camila Carballo, consiguieron el apoyo necesario


mediante el crowdfunding. Más recientemente, en noviembre de 2016, concluyó el


tiempo determinado para conseguir ayuda de Quiero


hacer una película
, un proyecto dirigido por Yimit Ramírez en el que no hay


un guion preestablecido.







Lo que


constituiría una desventaja en cualquier otra estrategia de financiamiento este


equipo lo convirtió en punta de lanza de su campaña, llevando la creatividad a


zonas inexploradas por proyectos cubanos precedentes. Al parecer, en el


crowdfunding, lo estéticamente correcto, moralmente correcto o políticamente correcto,


tiene otras acepciones, quizás más democráticas, quizás no.







Por lo


pronto, prefiero celebrar la variedad que impulsa esta forma de financiamiento


en el cine cubano y la amalgama de audiovisuales que se producen. Nadie es


exactamente igual al de al lado, y a estas alturas, los que se erigen como


jueces para imponer el “buen gusto” o para invalidar una obra a partir de su


presunta procedencia ideológica, me parecen, cuando menos, sospechosos.


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